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VIERNES CREATIVO

Allí estaba Roberto como cada tarde después de nuestra merecida siesta, meciendo las teclas frías de su portátil, haciendo una música que solo paraba en los momentos, en los que necesitaba releer lo que iba escribiendo.

 

Me encantaba encontrarme tumbada en nuestras sábanas cubiertas de nuestro olor. Era un olor de endorfinas comprimido por los pliegues de la tela, un olor a un cigarro que le observaba con admiración mientras humeaba por la habitación.

 

Se me pasaban las tardes con esa hermosa rutina, de escuchar sus rápidas pulsaciones que componían una melodía, mientras que se le escapaba en la seriedad, alguna sonrisa que hacía ver que se sentía feliz con cada párrafo que escribía.

 

Me había enamorado de un escritor que estaba dedicado a su esfuerzo, sin nunca dejarme de lado, yo le entendía, le comprendía, estaba orgullosa de su sensibilidad. Para mí, el ya…

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