En su mente escuchó su  nombre retumbando en un eco que le decía, que no tendría oportunidad alguna, para parar el destino.

No necesitaba ninguna oportunidad más que su valor ante las tinieblas para poder parar lo que estaba por llegar.

 

Después de una hora caminada, de giros, que le movían de manera interna por la ciudad recordó por sus sueños, que ya en la siguiente doblez había llegado a su destino, y así giró mirando una pared en la que se asomaba una grieta, que se iba haciendo más grande por momentos, sabiendo que al otro lado esperaban su visita.

Aguantó el tiempo suficiente para introducirse al otro lado. Con su mano tocando aquella marca de nacimiento con forma de candado y preparado para coger la daga si fuera necesaria.

Era el elegido porque aunque le esperaban, su presencia era imperceptible, como si del hombre invisible se tratase, de ese modo fue internándose en una maraña de almas que se retorcían esperando su liberación.

Parecía que su objetivo debía ser el mismísimo Satán pero no era así, y no disponía prácticamente de tiempo, ya que aunque su reloj marcaba las 20:24… a las 21 estaban congregados todos los devotos de aquel mundo que vivían entre los humanos; aquellas brujas, vampiros, hombres lobo, asesinos, que estaban a punto de llegar para proceder a la liberación de las almas negras que, ansiaban salir de allí.

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2 comentarios en “La grieta de las tinieblas

  1. El Jacin, desde que se quedó en paro, le echaba todos los días una mano a la Maru con la limpieza. A las cinco de la mañana comenzaban con dos bancos, luego tres casas, y a las ocho de la tarde, dos oficinas y aquel local.
    Él seguía a su propia, que marcaba el ritmo con el polvo, los productos y la mopa. Y a él le tocaba el mocho.
    Entraron en la estancia con el carrito. Ya les habían avisado que estos días tendrían trabajo por aquí, pero a la Maru le daba igual, en cuanto se descuidaba alguien, le echaba la brona, y el pobre Jacin pasaba un bochorno que no veas…
    —A ver, señores, que estamos trabajando; los de la cara de perro, que no me babeen que mi propio luego se tira media hora para quitarlo. Los de los cuernos, se me agachan una miaja siquiera, que arañan el techo y una servidora no para con la mopa. Y, señoras, no me sean así, apunten con los hechizos para la ventana, que luego se me queda todo lleno de ectoplasmas y eso no sale con el cachesiete, que hay que «flotal».
    ¡Que vergüenza pasaba el Jacin! Aquel cónclave de profesionales paraba su actividad para escuchar a su Maru.

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