Del estupendo taller de escritura el Blog masticadores de letras con el que estoy encantada,  dejo mi segunda actividad 🙂 espero que os guste.

Fui lo más rápido posible al hospital y conociendo la habitación en la que lo habían ingresado, subí directo a ella.

Abrí la puerta y allí estaba José. Le vi consumido, con una bajada de peso importante, la piel de su cara se había mimetizado con las paredes de la habitación. Con una voz debilitada trató de sacar su desparpajo habitual, pero, desgraciadamente hacia dos años que todo dejó de serlo.

José había sido un vividor, donde nada le había podido parar. Nada hasta aquella revisión que había marcado un antes y un después en su vida. Después de darle la noticia de un cáncer en el pulmón, su hábito como fumador  encontró la fuerza de voluntad, que durante muchos años  no había encontrado.

José siempre ha sido un hombre fuerte, vital, responsable y pocos días después de conocer su noticia, preparó una comida para comunicarlo a sus mejores amigos y a su hija Mónica. Imposible olvidar su humor negro para restar importancia al asunto, y la entereza con la que nos dejó caer aquella jarra de agua fría.

Se me hizo raro no verle después de la comida con su cigarro en la boca y su copa de coñac, mientras sus dedos ocres, se mimetizaban con el color de aquel líquido.

José comenzó el resto de los días a modificar sus planes, creo, que comenzó a vivir realmente, tratando de saborear cada uno de los que programaba «donde en muchos de ellos estábamos incluidos sin opción a decir que no».

Hacía cinco meses y medio que no nos juntábamos de nuevo para celebrar sus cincuenta y siete años, a pesar de haber visto aquel día más minimizado a mi maravilloso amigo, todavía su semblante aparentaba ganas de vivir y tras el cumpleaños… todo volvió a cambiar.

Mónica más de una vez me llamaba para saber si tenía noticias de su padre y por todos los medios para no preocuparla, lograba ponerme en contacto con él. Al tiempo con las vecinas y  pasados unos meses dejé de tener noticia alguna.

Ahí estaba él, cuando llegué al hospital, tratando de sacar algún chascarrillo sobre las enfermeras y los preciados menús del hospital. A pesar de que un viaje me hubiera tenido separado de mi mejor amigo.

Su cara mostraba prácticamente las bóvedas de sus ojos, su barba de más de una semana sin cuidar le hacía verse postrado, como un vagabundo que se había cruzado varios días atrás, y al que no había prestado ni atención.

Me sonreía pero no con el rostro de aquellos cincuenta y siete años soplados, sino con casi dos décadas más en su semblante y huesos. Me pidió llamar a su hija y entonces pude mirar sus ojos vidriosos.

Le dije de ausentarme un segundo para ir al baño y allí aproveché para llamar a Mónica. La llamada me apretaba el pecho mientras que se escuchaba a Mónica muy angustiada al otro lado.

No me entretuve para que José no se viera solo en aquella habitación. Volví a entrar y le pude ver dando a los botones del mando de la cama quedándose medianamente incorporado.

No me atrevía a preguntarle los síntomas, ni si los doctores le habían comentado algo. José me conocía desde aquellos años jóvenes en bachiller. Abrió su mano casi sin fuerzas para darme algo que en ella se escondía, el Cristo de Medinaceli que su padre al fallecer le dejó. Mi mano se acercó a la suya porque comprendí que quería descansar y una vez estaba en mi mano… noté que se había marchado. No pude más que quedarme esperando a Mónica para acompañarla en aquel horrible sentimiento de haberse ido un gran hombre y un mejor amigo.

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23 comentarios en “Mi gran amigo José

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