Me encuentro en la frondosidad de un bosque. No sé hasta qué punto me he adentrado. Llevo una mochila en mi espalda y me detengo algo fatigada. Entonces comprendo que las horas no me las ha quitado nadie. Me siento en unas piedras para tratar de pensar. En el interior de mi mochila puede que encuentre una pista para mi amnesia. Abro su cremallera sobre mis piernas y encuentro una cantimplora medio llena en la que sólo se aprecia un: “Es”, en rotulador y un pegote de tinta negra que hace ilegible lo que pone. Un arnés manchado de barro y una brújula que no muestra movimiento alguno para situarme.

Comprendo que alguien se ha quedado en el camino pues esa mochila no es mía. Tampoco entiendo porqué la llevo yo. Por más que miro mi entorno nada me hace recordar.

Mirando hacia arriba no se llega a descubrir el cielo por la densidad de las copas de los árboles y entiendo que debo continuar aunque no sé hacia dónde. Estar ahí, me hace sentir claustrofobia.

Camino hasta que las piernas me flaquean. Varias veces he gritado si hay alguien y ni los pájaros han sonado dando respuesta. Y por más que avanzo todo me viene  a parecer lo mismo.

Sin previo aviso unas lluvias han empezado a bombear un aguacero. Unas grandes compuertas de agua que me hacen correr sin detenerme.

Trato de ir ladera abajo y mis suelan resbalan. Cada vez veo menos mi entorno por la lluvia pero sigo corriendo.

Mis piernas no responden y caigo rodando hasta un gran agujero que parece no tener fin. Es un zulo natural y el agua de su interior ha detenido mi fatal caída.

La estrechez me hace intentar agarrarme a las raíces para ir subiendo, pero mis manos resbalan. Miro y calculo unos tres metros y medio hasta la salida. Quizá me confunda. Mi respiración está muy agitada y sólo quiero salir de allí.

Mientras, sigue lloviendo con fuerza sobre mi cara, como un chorro a presión que quiero que termine.

Creo que estoy en un lugar que nadie conoce y que ese será mi destino. Me acuerdo del arnés y hago una especie de contorsionismo por sacarlo. Veo a mí alrededor como el  barro lo recubre. Esa tal “Es”, estuvo tal vez aquí dentro. Grito de nuevo pero mi voz no sale, no hay eco, no hay nadie. La fuerza del agua crece y mientras observo el diluvio universal, mi cuerpo va poco a poco subiendo con la crecida del líquido de aquel foso. Creo que ya sólo un metro y medio me separan de una brillante luz que cada vez se hace más fuerte. Sigo subiendo hasta casi tocar el borde. Un hierro tiene perfectamente delimitada su circunferencia. Mi cuerpo sale por una alcantarilla a una calle donde no llueve. Me quedo fuera sentada en el suelo. Tampoco hay nadie y yo estoy totalmente seca.

Me quito la mochila y vuelvo a mirar en su interior. Todo está igual pero con la claridad aprecio todo mejor. La cantimplora me quitará la sed de aquel momento. Al cogerla, leo Esperanza y me quedo tranquila y aliviada. Entonces… todo desaparece por completo.

Un maldito despertador me hace hablar en Arameo en mi cama.

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16 comentarios en “Onírico: La cantimplora

  1. Uffff agobiante sueño. Una vez mi madre me dijo que había soñado que se caía a un pozo, pobre mía grito: “Mari, que ya no nos vamos a volver a ver más”. Ahora lo recuerdo y se ha cumplido, ya nunca nos vamos a volver a ver… En fin me duele recordarlo. Besos a tu alma. Fabulosa manera de escribir, linda

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