Hoy después de una difícil mudanza según escucho repetirle de mamá a papá, por fin nos vamos a una casa de un pueblo tranquilo, digo por fin pues a mi verdaderamente me da igual, pero mi padre tiene una oportunidad de trabajo y le oigo en más de una ocasión decirle a mamá que las cosas mejoraran.

Mi hermana Rocío está muy disgustada por el cambio pues deja a todos sus compañeros de instituto y a su pandilla en la urbanización. Que repelente y cursi es en muchas ocasiones, mamá no hace más que decir a papá: ̶  Vaya tontería tienen los niños de hoy ¡coño!, nosotros estábamos con la edad del pavo y estos niños viven en una perpetua idiotez.

Son tantas las veces que lo ha dicho, que ya me sale su frase de carrerilla antes oírle. Yo me veo algo fastidiado porque dejo a dos amigos estupendos, pero por lo demás sea lo que sea, nos íbamos a tener que ir. Tal vez hoy cuando lleguemos las cosas cambien, porque estoy cansado de que mi hermana me trate como un enano, ¡que ya tengo diez años! y estoy aburrido de que se meta conmigo cuando sin motivo se le cruza el cable, además allí podré tener una habitación propia.

Han sido varias horas de trayecto y una amplia parcela con una casa de dos plantas algo antigua, nos han detenido allí.

̶  Hemos llegado chicos. Dicen al unísono mis padres.

– ¿Esto que es la casa de la pradera? Respondió mi hermana con aires.

– Cuidado señorita ¡un respeto! que esta era la casa de tu bisabuela y estoy segura que harás muchos amigos. Juan ¿tú no tienes nada que decir? Has ido muy callado durante todo el trayecto.

-¿Puedo entrar para ver mi habitación?

-¡Venga vamos! cariño ahora salgo para coger las cosas.

Justo abrir la puerta, había un hermoso salón mucho más grande que el que teníamos, con nuestros muebles colocados, todo ordenado  y algún pequeño detalle como un enorme reloj antiguo que se puso a sonar marcando las seis de la tarde. Me dio un vuelco al corazón escucharlo.

  • Jajaja ¡vaya susto te has pegado! me daba pena deshacerme del reloj de la bisabuela además siempre nos contaba historias sobre él, decía que a las doce de la noche en luna llena, si estabas soñando algo en ese momento, se podía cumplir, ya sabes cómo hablaba la abuela de su madre y el misticismo que tenía.

Apañados estábamos si después de casi darme un ataque al corazón, tu madre todo seria te suelta esa pamplina y yo encima queriendo estrenar habitación, pero bueno, mamá es una bromista.

  • Bueno enano cotillea la casa sin romper nada.

Llegué a mi habitación con mis posters puestos y una ventana que daba a la parte trasera de la casa di un gran salto en la cama y sentí que el cambio me iba a gustar. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos cenando y yendo cada uno después de un cansado día, a nuestras habitaciones.

Al menos no tenía luego que aguantar a mi hermana que en la cena también se había encargado de incordiarme. Me asomé a la ventana y una hermosa luna llena iluminaba todo un esquinazo. Me pudo el cansancio y cuando quise darme cuenta el sol estaba colándose por las rendijas de la persiana. Me notaba metido en una caja de cerillas, un dolor de espalda mi hizo incorporarme y una estantería me dio un golpe brutal en la cabeza, me eché la mano para ver si me había hecho algo y la falta de pelo me hizo salir directo al baño. Casi me caigo desmayado del susto. Me miraba y remiraba en el espejo no podía ser yo, me pellizcaba y miré por dentro de un pantalón que me estrangulaba por todos los sitios, ¡madre mía que bicho más grande!

Entonces salí corriendo pero sigiloso a la habitación de mi hermana y ella seguía igual que el día anterior, todo estaba idéntico dentro de la casa, me asomé a la ventana y el exterior presentaba una ciudad, cogí con cuidado la cartera de mi padre de su mesita de noche, una camiseta suya, un pantalón y sus zapatos, entonces salí por la puerta.

No me sorprendía la ciudad ya que habíamos venido de una. La gente iba vestida de una manera diferente a las modas que conocía, me metí en la primera tienda que encontré para preguntar el día y el año, me miraron raro pero me respondieron que estábamos en el año 2042, el resto de fechas si cuadraban pero yo en vez de 10 años tenía 35 y, ¡sin sexo!

Pasaban los coches con pasajeros pero sin conductor. Me encontraba en la calle expectante y me chocaba no ver a nadie con un teléfono en la mano, entonces les observé con más detenimiento, viendo que tocándose la muñeca se les veía hablar pero ¿con qué? comprendí que estaban implantados en su piel. Observe a otros con gafas no pude reprimirme y al ver que una señora las había dejado apoyadas en una mesa, se las quité y salí corriendo todo lo que pude. Mi velocidad no era la del día anterior parecía un poco torpe con mi nuevo cuerpo pero fui capaz de alejarme de allí y perderme en esa ciudad.

Necesitaba saber algo de lo que jamás había visto, completamente desconocido y eran muchos los que iban con las mismas gafas, me las puse en los ojos y confirmé aquella locura. Un dispositivo avanzado se mostraba como un gran ordenador como el GPS de mi padre pero que supongo al contacto con mi piel o pupilas, mostraba en sus cristales todas mis necesidades y constantes. Me había convertido en un Tamagotchi humano que no necesitaba preguntar al resto donde ir, lo pensaba y lo tenía disponible ante mis ojos. Veinticinco años para no lograr reconocer nada. Me metí por curiosidad en una tienda habiéndome notado rarito desde que había salido por la puerta con la ropa de mi padre. Tampoco tiene tan mal gusto el hombre pensé. Los dependientes eran robots humanizados y había pasado de hablar con Cortana, a mantener una conversación tal vez más interesante que las que tengo con mi hermana.

Entonces, recordé  a mi familia me di cuenta que ellos tenían que ver todo esto, pero no sabía cómo me podría presentar así sin que desconfiasen de que tenían en frente a su hijo. Regresé con las gafas nuevamente de aquella ciudad y mi familia permanecía completamente dormida, las dejé en la encimera de la cocina y subí las escaleras. El miedo pudo conmigo, con cuidado puse nuevamente todo en su sitio bajé la persiana más, me metí en mi caja de cerillas y desee que todos pudieran estar como estaba yo.

  • Vamos señorito, ¡madre mía! que manera de dormir, ni que hubieras estado veinticinco años hibernando, levanta ya de tu cama que es tarde.

No quise hablar, me toque la cara y era yo como cuando habíamos llegado, que rabia me dio no poder mirar a mi hermana desde lo alto, supongo que todo había sido un sueño entonces…

  • Acabamos de llegar y ya estáis dejando bártulos en medio. Estás gafas de la cocina ¿de quién son?
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10 comentarios en “El reloj de la abuela CIENCIA FICCIÓN

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